🏟️ El Pacto de 1990: La Rivalidad de Colegiales que Venció al Tiempo

Del recreo a la cancha: 35 años de un Clásico Cruceño que se niega a graduarse.

 

Santa Cruz, noviembre de 2025.

El aire se siente pesado, no solo por el calor cruceño, sino por el peso de 35 años de historia. La cancha es de tierra o césped sintético. No hay banderines de esquina oficiales, no hay prensa deportiva. Pero hay algo más trascendental que cualquier torneo de la FBF: hay memoria.

Cada noviembre, desde aquel caluroso 1990, un grupo de hombres en sus cincuenta, con rodilleras ortopédicas y el corazón cargado de nostalgia, revive la batalla deportiva que definió su adolescencia: el Clásico Cruceño. Blooming contra Oriente. Celestes contra Albiverdes. Abogados, ingenieros, chefs y abuelos… que por 90 minutos vuelven a ser los mismos chicos del colegio.

 

El Origen: El Campo de Batalla era el Recreo

 

El germen de esta tradición se sembró a finales de los 80, en los pasillos y el patio del colegio. En esa época, Oriente Petrolero era el equipo dominante en el debate, respaldado por figuras como el inamovible defensor Eduardo Jiguchi y el seguro arquero Darío Rojas. Los de la ‘Academia’, aunque vivían un periodo de transición tras el título del 84, defendían su mística con una fe inquebrantable, citando a Limberg Gutiérrez como el profeta que vendría.

Los recreos eran debates teológicos: ¿Vale más la garra de Oriente o la exquisitez de Blooming? ¿Quién tiene el verdadero escudo de Santa Cruz? La camiseta, escondida bajo el cuello almidonado del uniforme, era la verdadera piel.

En 1990, al recibir el diploma, la despedida marcó el fin de una era. Fue en medio de esa algarabía y promesa de amistad eterna que alguien —dicen que fue ‘El Flaco’— lanzó el reto que se convirtió en pacto:

«Nos vamos. Entraremos a la universidad, tendremos trabajo, familia… pero el Clásico se queda. Nos vemos cada noviembre. Y que nunca se rompa.»

 

2025: El Drama de los Años y la Camiseta Intacta

 

Hoy, 35 años después, el pacto se cumple con una religiosidad asombrosa. Llegan en autos modernos, con celulares en el bolsillo, pero el ritual es idéntico: se eligen capitanes, se reparten camisetas (algunas descoloridas, otras nuevas, pero siempre con el mismo escudo), y se recuerda el gol polémico de 1997 o la rabona fallida de 2003.

El contraste es dramático:

El 10 de Blooming es ahora un respetado ingeniero, pero su regate ha perdido explosividad; lo compensa con la visión de juego de quien ha aprendido a leer la vida. El arquero de Oriente, un exitoso abogado, cojea visiblemente de la rodilla, producto de aquella lesión en 2008, pero su grito sigue ordenando la defensa con la misma autoridad de un fiscal.

El partido es una sinfonía de jadeos, músculos que tiran y carcajadas de afecto. Se gritan con el mismo ardor que hace 35 años, pero ahora los insultos de cancha vienen sazonados con apodos de infancia y referencias a matrimonios y divorcios.

  • «¡Corré, ‘Camba’! ¡Que el tiempo no te ha perdonado la barriga!»

  • «¡Dale, abuelo! ¡La tenés más lenta que el Internet de los 90!»

 

La Victoria es Anécdota. La Amistad, la Leyenda.

 

No quieren empatar. Nunca. El empate, en este clásico, es la rendición ante el olvido. La victoria es la reafirmación de que siguen siendo los jóvenes apasionados del 90. Juegan con la ferocidad de quien defiende la parte más pura de su historia personal.

Cuando llega el pitazo final (usualmente por decisión de uno de los capitanes porque ya nadie puede más), el resultado es lo de menos. Lo que realmente importa es el tercer tiempo: las cervezas frías en el camerino, el repaso glorificado de las jugadas y la foto.

La foto de 2025 se une a una colección que data de 1991: una cronología de la vida, marcada por canas, arrugas y barrigas crecientes, pero siempre con los mismos escudos enfrentados. Es la prueba de que en Santa Cruz, la pasión por el fútbol es más que un deporte; es un hilo conductor de la vida.

Este Clásico Cruceño entre excompañeros no solo se juega. Se vive para recordar que hay rivalidades que, lejos de dividir, cimentan una amistad a prueba de tiempo. Se juega para que el joven soñador de 1990 sepa que, a pesar de las cuentas y las responsabilidades, todavía sigue en la cancha.

Nos vemos el próximo noviembre. El pacto sigue en pie.

Deja un comentario